En algún lugar, el hijo de Rebecca tiene 10 años. Podría estar en Nairobi, donde ella vive, o podría estar en otro lugar. Podría, lo sabe en lo profundo de su corazón, estar muerto.

La última vez que lo vio, Lawrence Josiah, su primogénito, tenía un año. Ella, 16. Eran alrededor de las 2 de la madrugada de una noche de marzo de 2011 y Rebecca estaba mareada tras inhalar un pañuelo empapado en combustible para aviones, un subidón barato en las calles de la ciudad.

Aspiraba combustible para aviones porque le daba la confianza necesaria para acercarse a extraños y pedir dinero. Cuando tenía 15 años, la madre de Rebecca ya no podía mantenerla ni pagar sus cuotas escolares, así que ella abandonó la escuela y empezó a vivir en la calle.

Conoció a un hombre mayor que prometió casarse con ella, pero en cambio la dejó embarazada y se fue. Al año siguiente nació Lawrence Josiah, y Rebecca lo crió durante un año y unos meses hasta que cerró los ojos esa noche y nunca volvió a verlo.

«Aunque tengo otros hijos, él fue mi primogénito, me hizo madre», le dijo al departamento de investigaciones de la BBC África Eye, luchando por contener las lágrimas. He buscado en todos los centros infantiles, en Kiambu, Kayole, y nunca lo he encontrado».

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